Nacen sin permiso,
en la grieta más leve del olvido,
donde el viento rasga la tierra
y el sol no promete nada.
Crecen erguidos,
con la temeridad de lo frágil,
como si cada pétalo dijera
que aún hay belleza sin dueño.
No buscan mirada ni jardín,
florecen por instinto,
por ese antiguo pacto
entre la lluvia y el silencio.
Lirios silvestres:
heraldos de lo simple,
testimonios de la vida
que insiste en volver

