Nadie reparaba en aquella pared. Las baldosas, antiguas y resquebrajadas, guardaban años de lluvia y polvo. Pero un día, justo donde dos se unían mal, brotó una hebra verde. Tan pequeña, tan improbable, que parecía una ilusión de la luz.
El muro, frío y reseco, no estaba hecho para albergar vida. Y aun así, la planta se aferró. Hundió raíces invisibles en el polvo del cemento, buscó sombra entre la piedra caliente y bebió lo que el rocío le concedía al amanecer.
Las grietas, que antes solo hablaban de abandono, empezaron a tener voz. Esa mancha de verde, suspendida en el muro, se convirtió en su secreto: un pulso leve, insistente, recordando que incluso lo duro cede al deseo de vivir.
Quien pasaba junto a ella casi no se detenía, pero algo en ese pequeño milagro inquietaba: la certeza de que la vida siempre busca, y siempre encuentra, un modo de quedarse.



Bravisimo
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