lunes, 2 de marzo de 2026

El regreso de Morito al Guadaíra

El sol de la mañana se filtraba entre los álamos del río Guadaíra, tiñendo el agua de reflejos dorados. Entre los juncos, un ave de plumaje oscuro, con destellos verdes y violáceos, descansaba sobre una pata. Era Morito, un joven morito común que había llegado a aquel tramo del río después de un largo vuelo desde Doñana.


Al principio, el río le pareció demasiado silencioso. Solo se escuchaban las ranas y el rumor del agua. Morito pensó que quizás se había equivocado de lugar. Pero al adentrarse un poco más, vio algo que lo llenó de alegría: otras aves como él, moritos adultos y juveniles que se movían con gracia entre los carrizos. Algunos buscaban alimento, picoteando el barro húmedo, y otros volaban en pequeños círculos, como saludando al recién llegado.



El corazón de Morito latió con fuerza. Se acercó despacio, temeroso, pero uno de los mayores levantó el pico y le dijo:

—Bienvenido, viajero. El Guadaíra vuelve a tener vida.



Morito no entendió del todo, pero pronto comprendió: hacía años que el río estuvo enfermo, sus aguas turbias y sin peces. Sin embargo, ahora, el Guadaíra brillaba otra vez, y los moritos habían regresado para celebrar su renacimiento.



Durante días, Morito aprendió de sus nuevos amigos los mejores lugares para pescar, cómo protegerse del viento y disfrutar del sol sobre las alas. Y cada tarde, cuando el cielo se tornaba rosa, todos juntos emprendían vuelo en perfecta armonía. Era un espectáculo de alas oscuras que se reflejaban en el agua como un espejo.


Morito, mirando el horizonte, supo que había encontrado su hogar. Y el río, agradecido, murmuraba entre las piedras, contento de volver a escuchar el batir de alas sobre su cauce.

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