Después de varios días de lluvia, el río Guadaíra corría con fuerza, arrastrando ramas, hojas y todo lo que encontraba a su paso. Caminaba por la orilla, observando cómo el agua se abría camino con un sonido profundo, cuando algo pequeño llamó mi atención: una muñeca bebé, sin vestido, atascada entre unas cañas.
La corriente la había dejado allí, como un pequeño testigo del desbordamiento. Tenía el cuerpo manchado de barro, pero su carita seguía intacta, con una expresión tranquila, casi serena, como si no le asustara haber viajado entre las aguas. Me quedé mirándola un momento, imaginando qué historia habría detrás de ese viaje —quizá de un patio, una casa, una niña que la perdió durante la tormenta.
No me la llevé. La coloqué con cuidado junto a un tronco grande y seco, en un rincón donde el sol alcanzaba a calentarla un poco. Pensé que allí, al menos, estaría a salvo de otra crecida; y por algún motivo, quise creer que alguien la encontraría, la limpiaría y le daría un nuevo hogar.
Mientras me alejaba, el río seguía su curso, pero la muñeca permanecía firme junto al tronco, pequeña y resistente. En su quietud, había algo de supervivencia, como si recordara que no todo lo que arrastra la corriente se pierde: algunos encuentran su orilla y esperan, pacientemente, a ser encontrados.




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