Visitar Lisboa fue como entrar en una postal con olor a café y sonido de tranvías. Llegué una mañana luminosa y lo primero que me recibió fue la Praça do Comércio, amplia, elegante y bañada por la luz del Tajo. Frente al Arco da Vitória, entendí por qué llaman a Lisboa la ciudad de la luz: todo brilla con suavidad, incluso las sombras.
De allí subí hacia el barrio de Chiado. Quería empezar el recorrido en A Brasileira, una cafetería mítica donde el tiempo parece haberse detenido. Mientras tomaba un café fuerte junto a la estatua de Fernando Pessoa, observé el ir y venir de la gente. Hay algo especial en ese lugar: una mezcla de melancolía y vida cotidiana que define muy bien el espíritu lisboeta.
Continué hacia el Elevador de Santa Justa. Desde lo alto, la vista es espectacular: tejados rojizos, el río al fondo y un laberinto de calles que parece moverse lentamente. Bajé para subirme a uno de los tranvías antiguos, esos amarillos que chirrían en cada curva. Es la mejor forma de entender la ciudad: Lisboa no se recorre, se desliza.
El tranvía me llevó hasta la Catedral, o simplemente “la Sé”. Su interior, sobrio y fresco, guarda el silencio de los siglos. Afuera, el sonido de las campanas parecía marcar un ritmo propio, diferente al del resto del mundo.
Después de tanto subir y bajar colinas, terminé en los Jardines de Marquês de Pombal, donde la ciudad parece respirar con más calma. El entorno es más amplio, más ordenado, casi una pausa verde antes de volver al bullicio.
Al caer la noche, Lisboa me regaló una de sus caras más curiosas: la Calle Rosa. Las luces de neón, el suelo pintado y la mezcla de música local e internacional crean un ambiente alegre y despreocupado. Tomé algo en una terraza y pensé en cómo esta ciudad logra unir pasado y presente sin perder su esencia.
Regresé al hotel con esa sensación de haber recorrido no solo una ciudad, sino un estado de ánimo. Lisboa tiene eso: combina nostalgia y vitalidad, y deja un rumor en el alma que uno se lleva a casa como una canción que no se olvida.







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